EL MITO…DESDE FREUD, JUNG, LACAN Y SU APLICACIÓN A LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA DEL PSICOANALISIS-..!!!!!!!!!!!!

Capítulo I: Las Preguntas

Capítulo II: ¿Los Griegos, Hacedores del Inconsciente?

Capítulo III: El Dios de los Inicios

Capítulo 1 Las preguntas

Este trabajo nace como el efecto de un “deseo de saber” acerca de los orígenes del mito. Pregunta inicial a la que se fueron añadiendo otras paulatinamente.

¿Tienen los mitos su origen en el inconsciente?

¿Por qué lo mítico no aparecía investigado como un producto más del inconsciente a partir de su descubrimiento y de la lectura que del mismo propone el pensamiento freudiano? ¿Puede sostenerse sin más ni más aquella hipótesis del mito como un producto cultural a partir del desciframiento de los códigos oníricos y de la estructuración de las fantasías?

Ante la pregunta sobre la autoría del mito, ésta se respondía con un silencio.

¿No había respuesta? ¿El mito tenía un autor anónimo? ¿Era el sueño de toda la gran comunidad humana a través del tiempo? ¿Por qué no investigarlo a la par que sueños, fantasías, síntomas, chistes.?

El mito, a diferencia de otras formaciones psíquicas, aparece insinuado en Freud, pero nunca trabajado con la profundidad con la que lo fueron aquellos “objetos” preferenciados por este autor.

Difícil resulta escribir sobre el mito como originado en el inconsciente, porque si bien la escritura ha nacido como una pasión (y sigue existiendo como tal), no hay “algo” más apasionado que la vida misma. Por esto fue necesario abandonar momentáneamente ese vínculo emocional y dar paso a la razón.

¿El mito, “se vive” ?.

A medida que avanzaba en estos desarrollos, obviamente los interrogantes se fueron constituyendo más severos y complejos.

¿En qué modo puede participar la estructura del mito como una más de las ya reconocidas por el psicoanálisis?

¿Sería el mito un efecto posible de la asociación entre alguna de estas formaciones? ¿Qué otra estructura de lo psíquico podría llegar a producirlo?

¿Consistiría lo mítico en una lectura ingenua de superficies de textos antiguos, al estilo de la Ilustración, o bien lo así denominado formaría parte de nuestro cotidiano ser en el mundo? ¿Un “cuerpo” vivo, activo?

La razón apuntaría a lo primero. La intuición indicaría el segundo término. De este modo nos arrojamos al mundo de lo simbólico. Símbolo que “(…) en la antigua Grecia, designaba la mitad de una tableta que se entregaba al huésped cuando éste se marchaba. Al despedirse por largo tiempo, quebrábase un objeto cerámico en dos partes y cada uno guardaba su mitad. Esas dos partes de la tableta quebrada, alguna vez volverían a encontrarse y al coincidir perfectamente, constituían la prueba de una amistad surgida de la hospitalidad nunca quebrada pese a la distancia y el tiempo”. (R. Graves – 1984)

Decidí correr el riesgo de unir partes para entrar en ese juego laberíntico que significó (y sigue significando), un mundo en donde a una claridad se seguía una obscuridad y así alternativamente.

Inevitablemente, para poder conocer, la duda debía prestar su sistemática. Sísifo, Dédalo y Prometeo serían una de sus formas paradigmáticas.

De aquí que este texto sea solo un amanecer.

¿No es acaso en el amanecer del hombre, donde el mito juega con toda su profundidad y altura, el hasta ahora evasivo papel que de continuo insiste en representar lo sucedido en los orígenes?

Debido al ámbito cultural en el que se ha desarrollado el psicoanálisis, será necesario circunscribir el campo de lo mítico a Occidente y dentro de éste a algunos mitos de la antigua Grecia que siguen presentándose no sólo como módulos imaginativos o formas de teorización racional, sino también en nuestra práctica clínica diaria.

No trataremos al mito en general sino, a aquéllos en cuya organización es posible inferir procesos en donde el sello madre de lo Real, “se hace” cual anillo de Polícrates, insistente hasta el punto de formar parte de él. ¿Podríamos dejar de colocar su origen en el inconsciente?

Entre las múltiples definiciones del mito, ubicamos a aquella que lo señala como el relato de algo fabuloso ocurrido alguna vez en un pasado remoto. Otras definiciones se sumarán a ésta a lo largo del presente trabajo.

Varios son los contenidos de estos relatos mitológicos: orígenes de la humanidad o de alguna comunidad en particular, hechos heroicos, fenómenos naturales personificados, interviniendo en la gran mayoría de ellos, las figuras de los dioses que, ya en forma directa o no, influían sobre el destino del mundo aún cuando el Destino marcaba sus propias vidas.

El mito bien puede ser tomado como algo en lo cual de “buena fe” pueda creerse o bien como  una alegoría. En este último caso, el relato tiene dos aspectos, lo ficticio y lo real. En la ficción el hecho mítico no ha realmente sucedido, mientras que en el real, el relato hace referencia a algo que sí se corresponde con un hecho de la realidad.

“El mito ha de expresar en forma sucesiva y anecdótica lo que es supratemporal y permanente, lo que jamás deja de ocurrir y que, como paradigma vale para todos los tiempos. Mediante el mito, queda fijada la esencia de una situación cósmica de una estructura de lo real. Pero como el modo de fijarla es una forma relatada, hay que encontrar un modo de indicar al auditor o lector más lúcido que el tiempo en que se desarrollan los hechos es un “falso tiempo”; hay que saber incitarlo a que busque mas allá de ese tiempo en que lo relatado parece transcurrir, lo arquetípico, lo siempre presente, lo que no transcurre”. (Ferrater Mora – 1978)

En esta proposición, el tiempo mítico es semejante al tiempo propio del inconsciente. Tiempo que sigue otras reglas diferentes a las que se le asimilaron a Cronos y que sin embargo, compartirían con este dios, su condición de atemporalidad. En este sentido el inconsciente mismo parece tener “vocación de inmortalidad”. Es evidente que el mito no tendrá una sola lectura.

Para el pensamiento platónico tal como observaremos más adelante, el mito expresará ciertas verdades que escaparían al razonamiento (logos), apareciendo también como una forma de decir sobre el reino del devenir.

Para un filósofo neo-platónico como Salustio, los mitos pueden representar a los dioses y sus diversas formas de intervención en el mundo. Habría para este autor, varias especies de mitos: teológicos, físicos, psíquicos, materiales y mixtos. Los mitos teológicos son especialmente intelectuales considerando a los dioses en su esencia; de este modo serían utilizados por los filósofos. Los poetas utilizarán los mitos teológicos intentando explicaciones del modo o modos en cómo operan los dioses. Los mitos psíquicos explicarán las acciones del alma. Los mitos materiales serán aquellos_ que usa la gente carente de instrucción, en los que se intenta entender la naturaleza de lo divino y del mundo. Mientras que la última clasificación, los mitos mixtos son los usados por quienes enseñan o practican los ritos de iniciación.

En este trabajo los mitos de los que daremos cuenta son tomados preferentemente de Hesíodo (La Teogonía – Los trabajos y los días): Hades, Eros, Narciso, Sísifo, Afrodita, Prometeo; y de Sófocles: Edipo, a los que nos acercaremos intentando su interpretación, ni filosófica ni antropológica, sino psicoanalítica. Sabemos, no obstante, que esta aproximación radical contiene todos los inconvenientes que en un tema tan amplio como el del mito, genera un intento de tal naturaleza.

Algo siempre quedará por decir, por interpretar, por descubrir. Ese algo que lo mítico encierra es lo que nos hace abordarlo de continuo, tratando (en un encuentro fallido) de conquistar su esencia.

De aquí que la lectura psicoanalítica sea una forma más de contornear lo que de real el mito posee.

Desde ese lugar proviene lo obscuro, lo enigmático (La Esfinge fue durante largo tiempo, hasta Edipo, su paradigma), lo siempre extranjero al hombre, no obstante provenir, casualmente desde lo más propio de éste.

¿Cómo encontrar alguna fuente de origen para este problema de lo verdadero de los mitos? Consultados éstos, generalmente responden como serían las respuestas de los oráculos. Respuestas éstas que sugieren (por su polivalencia), la presencia de otras preguntas, quedando inscripto el mito en el cíclico y “eterno” circuito del lenguaje es que podemos llegar a señalar al mito tal como un “habla”.

LA PALABRA – LAS PALABRAS

Se puede constatar que en la mayoría de las mitologías hay algún lugar reservado para las palabras y la leyenda sobre sus orígenes. No cabe ninguna duda de qué hablamos, pero ¿a partir de cuándo? ¿En qué momento de la historia aparece el lenguaje? Seguramente el lenguaje funda la historia. Casi podríamos asegurar que el hombre es tal, desde aquel momento glorioso e inefable en que pronunció la primer palabra articulada. Palabra fundente.

Señala Saussure que “el lenguaje es multiforme y heteróclito, a caballo en diferentes dominios, a la vez físico, fisiológico y psíquico, pertenece además al dominio individual y al dominio social, no se deja clasificar en ninguna de las categorías de los hechos humanos, porque no se sabe cómo desembrollar su unidad (…)” (F. de Saussure – 1959)

Entre los conceptos más importantes que señala Saussure, no cabe duda de que el de signo lingüístico ocupa un lugar de privilegio. Este signo lingüístico es una entidad de dos caras, llamándoselo así por ser la combinación del concepto con la imagen acústica. A esta teoría de naturaleza positivista la precedió aquella romántica según la cual el lenguaje expresa al espíritu del pueblo. Espíritu colectivo que sería posible de investigar y comprender por medio del estudio de su correspondiente lenguaje.

A “posteriori” pero siempre sobre los fundamentos de la Lingüística de Saussure, se iniciaron otros desarrollos que llegando a Lacan, se comprometen con el objeto principal de Psicoanálisis, la realidad sexual.

Por otro lado, sería prácticamente imposible hablar de lo humano sino consideramos al lenguaje, nido y matriz, de lo específicamente humano. Lenguaje en el que nos movemos, cuya unidad elemental, la palabra está inevitablemente unida al hecho comunicacional. Unidad que hace posible el desarrollo del pensamiento simbólico; siendo ella “per se”, el símbolo por excelencia.

Referido  a la palabra, en la tradición judeo cristiana, es posible leer en el Evangelio de San Juan que “Al principio era el Verbo, (…)”, lo que la hace coincidir con el espíritu, el aliento primordial y con un gesto exclusivamente divino. De este modo el decir es considerado como un don divino, que  haría posible la evolución del hombre. No podemos dejar de mencionar el valor enorme que poseía la palabra en sí también entre los egipcios, para quienes se había designado al dios “Ptah” como la divinidad del pensamiento y del lenguaje.

Pero, Dios o el dios, para W. Otto (1978) se podrá manifestar de diferentes modos o grados.

El primero estará vinculado con la posición erguida hacia el cielo, propiedad exclusiva del ser humano, (recordemos aquí la carta Nro. 75 de la correspondencia de Freud-Fliess, referida a la primera represión habida en el hombre, la represión orgánica), primer grado que se anuncia por esta tendencia del cuerpo a elevarse a lo alto.

Tanto esta posición como el levantar manos y brazos, inclinarse, ponerse de hinojos, juntar las manos, etc., serían formas de una revelación divina en el cuerpo humano.

El segundo grado le estará asignado al movimiento, a las marchas solemnes, y al rito y la armonía de la danzas que se presentan como manifestaciones míticas que desean hacerse visibles. Lo mismo comprenderá a las obras ejecutadas por la mano del hombre. Se levanta una piedra, (recordemos el sueño de Jacob en que consagra una piedra sobre la que había soñado la puerta del Cielo), se eleva una columna, se construye un templo, se esculpe una efigie. Arte por doquier.

En último término el mito aparecerá como palabra, en donde se señala que el hecho de que lo divino desee revelarse en tales signos, es el acontecimiento más importante de lo mítico. Otto considerará que pensar es divino en sí y por sí, exento de toda corporeidad, ¿pero no tiene lo divino que hacerse humano cuando quiere revelarse al hombre?

Para Otto, el “sello de la revelación más auténtica, es que la Divinidad se enfrente al hombre presentándole un rostro humano” (W. Otto – 1978)

Cabe preguntarnos ¿por qué es que aún no han perdido su sello (de continuo re-encontrado en múltiples palabras), hasta hoy los dioses olímpicos? Hablamos de ellos cuando queremos decir algo con un sentido elevado, tanto de las cosas del mundo, como así también de nuestra propia existencia. Apolo, Dionisos, Afrodita, Hermes, siguen siendo para nosotros figuras de esplendor y significación profunda. ¿Qué habría de éstos y otros dioses que sigue resonando en nosotros tan fuertemente, sin que ni siquiera nos demos cuenta?

Es que algo del habla mítica quedo atrapado en ese signo arbitrario, lineal, inmutable (respecto de un grupo que lo emplee) y mutable (respecto del eje del tiempo), que decimos llamarse “palabra”.

Palabra propia guardada celosamente por los antiguos, por el temor de que si algún otro la conociese, pudiese tener sobre él, algún poder mágico. De ahí que muchos nombres verdaderos sean substituidos por otros con el objeto de preservarse de tales supuestos daños.

Desde antiguo la lengua en sí misma es un arte colectivo de todo tipo de expresión posible. En ella yace oculto un conjunto peculiar de factores estéticos (fonéticos, rítmicos, simbólicos, morfológicos) que nunca van a coincidir por completo con los de otra lengua. “La lengua es en sí misma, el arte colectivo de la expresión, la suma de miles y miles de intuiciones individuales”____MRF

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