Literatura «El suicidio definitivo de la civilización está a la vuelta de la esquina»..!!!

Luis Alberto de Cuenca es muchos hombres simultáneamente. Poeta y traductor de los clásicos, ex secretario de Estado de Cultura, rockero, amante del cómic y académico de la Historia. La suya, por amplitud de miras, sabiduría y audacia, es una trayectoria inaudita en el retablo de la envidia española. Último o penúltimo mohicano de una forma de estar en el mundo incompatible con la corrección política, el dogmatismo y la vulgaridad, navega a la contra sin perder la elegancia.

–¿Todavía es posible decir cosas incorrectas y no morir en el intento?

–La «political correctness» se ha convertido en una auténtica epidemia universal. Es difícil sobrevivir a su dictadura, acaso la más terrible que haya existido nunca.

–No sé si está al tanto de las guerras culturales en los campus universitarios de EE UU. Básicamente, los estudiantes vetan a cualquiera que contradiga sus opiniones, por ejemplo a Ayan Hirsi Ali por denunciar el islam, a la que retiraron un doctorado honoris causa.

–Eso se llama tener al enemigo dentro de casa. Roma sucumbió por causas parecidas. El fenómeno Trump, tan peligroso, nace de la impotencia de la gente ante ese tipo de situaciones.

–¿Alguna vez imaginó que íbamos a generar otra suerte de moralina, tan claustrofóbica como la vieja, solo que en nombre de las minorías, etc.? ¿Será que no podemos vivir sin censores y comisarios políticos, sean del signo que sean?

–Ni en mis peores pesadillas. Nuestro componente masoquista va desarrollándose cada vez con más fuerza.

–Y esa lectura posmoderna del canon literario, que ensalza autores según el género o la raza, antes que por la calidad literaria, o que incluso aspira a dinamitarlo, ¿qué le parece?

–Me parece demencial. Se ha perdido la noción de excelencia. Se pongan como se pongan, la literatura no es democrática. En el panteón literario hay dioses, semidioses y simples lacayos.

–Europa naufraga, dicen, y uno se pregunta si hay esperanza fuera del ámbito político e histórico que, junto a EE UU, alentó los derechos del hombre y el ciudadano, la libertad, la democracia, etc.

–Europa, al despertar, se ha encontrado con que el dinosaurio seguía allí y con que ha crecido tanto que no es fácil sacarlo de la alcoba. Occidente se avergüenza de sí mismo, se echa barro y ceniza encima. Cuando a una civilización le sucede eso, el suicidio definitivo está a la vuelta de la esquina.

–¿Qué es la excelencia y por qué tiene tan mala prensa?

–La excelencia implica la desigualdad, porque hay seres humanos que son más listos, más guapos, más trabajadores que los demás, y eso es algo que la «political correctness» aborrece. Sólo existe una igualdad deseable, y es la igualdad ante la ley.

–En la era de internet, la ironía, por cierto una de las claves de su escritura, tampoco parece gozar de buena salud.

–En las redes sociales no predomina el humor, sino la mala educación, las malas palabras, el insulto, la descalificación en nombre de no sé qué doctrina perversa según la cual la masa devora al individuo en aras de un supuesto bienestar social (que, por otra parte, no existe).

–En España, y no sé si estará de acuerdo, somos muy dados a etiquetar, y su trayectoria, tan libre, seguro que vuelve loco a más de uno, incapaz de encasillarle.

–El deporte nacional, aparte de la envidia, es el encasillamiento. Nunca he tenido un carnet de partido y nunca lo tendré. La libertad y la dignidad guardan mucho que ver con la independencia ideológica.

–¿Por qué deberían importarnos el griego y el latín, el estudio de las humanidades y la filosofía, etc.?

–Porque, como su nombre indica, esas humanidades nos configuran como seres humanos. Sin los griegos y los romanos, Occidente no existiría. Nuestra tribu es un cóctel de filosofía griega, derecho romano y cristianismo a partes iguales.

–Otro defecto muy español es la incapacidad de parte de las élites intelectuales para apreciar el arte popular, no sé, todo lo que cabe, y es mucho, de Tintín a Bob Dylan, o del pop al cine negro, etc. A lo mejor piensan que es incompatible disfrutar a la vez de Publio Virgilio y de Virgilio Expósito, o de Bach y John Lennon.

–Craso error. La cultura es una, no es de izquierdas ni de derechas, no va por barrios de «high culture» y «low culture», sólo se rige por parámetros de calidad. Puede uno –y debe– disfrutar al mismo tiempo de Homero y de Tolkien, de la epopeya de Gilgamesh y de George R. R. Martin. Como ve, los ejemplos que pongo los extraigo de la literatura, mi territorio favorito.

–Claro que a usted eso le importa poco, y como ejemplo su trayectoria como letrista al servicio de la canción y sus colaboraciones junto a Gurruchaga y la Orquesta Mondragón. O los trabajos de Loquillo y Gabriel Sopeña con su poesía, entre los que destaca el imprescindible «Su nombre era el de todas las mujeres».

–Poesía y música nacieron juntas, allá en la Grecia arcaica de Safo, Alceo, Anacreonte y compañía. Esta alianza mía con la Mondragón y, mucho más, con Loquillo, tiene algo de quimérica, pero posibilita nuevos espacios de convivencia entre la métrica y el pentagrama.

–Otro de sus amores es el cómic, cuya importancia realzó cuando fue secretario de Cultura, dignificando a sus autores.

–Fue la primera vez que se concedió la Medalla de Oro de las Bellas Artes a creadores de tebeos. Lo que no pude conseguir, por falta de apoyo político, fue un Premio Nacional de Cómic, que el PSOE empezó a conceder un año después de que dejara yo el cargo. El centro derecha español ha perdido muchas oportunidades de apoyar como merece a la llamada «cultura popular».

–¿Veremos la desaparición del libro impreso? La del disco, ay, ya está cerca…

–Usted vive en Estados Unidos y sabe que, de algún modo, el papel se ha rehecho en el mercado editorial norteamericano durante los últimos años. Puede que desaparezca en un futuro, pero no creo que suceda de forma inmediata. El CD y el DVD tienen, en cambio, los años contados.

–Y los periódicos, tan golpeados, ¿es imaginable vivir sin ellos?

–Se convertirán en otra cosa, pero pervivirán. La materia no se crea ni se destruye: se limita a transformarse.

–¿Por qué la gente odia a los llamados intermediarios? ¿Será que desconoce cómo se gestan las obras, la importancia del editor, del productor, de los correctores, los arreglistas?

–Sin apoderados ni empresarios taurinos no existiría hoy la tauromaquia, tan asediada actualmente por la «political correctness». Lo mismo ocurre en la literatura y en la música. Somos animales sociales. Trabajamos en equipo (a veces para destruirnos, qué duda cabe) y creamos también en equipo. Lo demás es romanticismo barato.

–Volviendo a España, ¿usted es optimista o esto no tiene arreglo?

–Creo que no ha tenido arreglo nunca, desde Viriato. Y esa desazón crónica tiene algo de consuelo: el horror no es de ahora, es de siempre, y seguimos remando hasta un vacío que no termina de engullirnos del todo.

–¿Es la nueva política igual que la vieja pero adobaba con mercadotecnia?

–Qué error, qué inmenso error, qué ilusoria falacia pensar que esa «nueva» política va a arreglar algo en la antigua y querida Hispania.

–Y el populismo, ¿no es incompatible con la democracia?

–Es su antítesis en todos los sentidos. Populismo y democracia son absolutamente incompatibles.

–Traducciones, ensayos, poemas, novelas… ¿en qué trabaja estos días?

–Traduzco, escribo ensayos, me preparo para un mes lírico –es en agosto cuando más escribo poesía–. Soy una criatura hiperactiva, pero me esfuerzo en que no se note en el trato personal con mi familia y amigos.

¿Mar o montaña?

Como le delata la foto, Luis Alberto de Cuenca prefiere la playa y respecto a los periódicos es contundente: «No leo ningún periódico. LA RAZÓN, que dirige un viejo amigo a quien quiero, está haciendo una labor estupenda en el terreno de la divulgación de la Historia. Como académico de la RAH, se lo agradezco muy de vera

http://www.larazon.es/

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