España.Ignacio Camacho sobre el sí de Rivera a Rajoy: “A Sánchez se le acaban los argumentos y el tiempo” “Rivera ha hecho lo que demandaban gran parte de sus electores y el sentido de Estado”

Las propuestas de Albert Rivera a Mariano Rajoy para respaldarle afirmativamente, y no con una abstención, como presidente del Gobierno, es una de las cuestiones fundamentales en esta jornada del 10 de agosto de 2016, aunque en las columnas de la prensa de papel no es el tema más destacado, ya sea porque muchos opinadores ya habían escrito su artículo con antelación o porque, sencillamente, no quisieron alterar su tribuna al socaire de la más rabiosa actualidad –Mariano Rajoy está dispuesto a dar ‘todo’ a Albert Rivera a cambio del ‘sí’-.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho, que deja bien a las claras que el presidente en funciones tendrá que tragar ese amargo cáliz de las condiciones que impone Ciudadanos si quiere repetir en la Moncloa. Al fin y al cabo, se le está pidiendo lo mismo que a Cristina Cifuentes en la Presidencia de la Comunidad de Madrid.

De las seis condiciones que Albert Rivera puso ayer para negociar la investidura de Rajoy no hay ninguna que éste no pueda cumplir. La de la «comisión Bárcenas» es un trágala que le costará digerir pero en todo pacto hay que ceder al socio alguna victoria simbólica. El resto de las cláusulas forman parte del programa de regeneración de Ciudadanos y no pueden asustar ni asombrar a nadie. Dos de ellas -la separación de los imputados y la supresión de los indultos- ya se cumplen de facto. La limitación de mandatos representa una jubilación en diferido del presidente. La nueva ley electoral habrá que hilarla fino y en todo caso exige más consenso que el de una alianza puntual; como mínimo ahí tiene que estar también el Partido Socialista. Pero es que ninguno de esos requisitos es susceptible de rechazo por el PSOE, que si algo debería lamentar es no haberse adelantado a plantearlos.

Subraya que:

Rivera ha hecho lo que demandaban gran parte de sus electores y el sentido de Estado. No se funda un partido para quedarse al margen en los momentos decisivos y C’s estaba en ese punto en que una actitud vestal lo podía condenar a la irrelevancia. Tiene derecho a pedir porque está en disposición de dar y necesita un quid pro quo que justifique el acuerdo y dé sentido a sus renuncias y utilidad a sus votos. Aun así se mostró ayer tan renuente consigo mismo que en su escénica comparecencia evitó pronunciar la palabra «sí» como objetivo final de la negociación con el PP; decía «avanzar» o «desbloquear» para diluir en eufemismos la evidencia de un razonable cambio de criterio, de un sensato viraje. Sorprende que entre su pliego de exigencias no figuren medidas económicas; simplemente ya están negociadas sotto voce entre De Guindos y Garicano y no existen diferencias esenciales porque tampoco las hay de modelo de sociedad ni de ideario.

Asegura que:

El paso adelante de C’s constituye un ejercicio de asunción de responsabilidades que requiere de otro similar por parte del Gobierno. No van a negociar una fusión ni la dote de una boda sino un pacto de investidura. Habrá mutuas desconfianzas, roces y choques porque ambos se disputan el mismo espacio político. Sin embargo los ocupantes de ese espacio, que son los votantes de ambos, comparten con matices un mismo proyecto. Por eso les costaba entender la acidez de estas semanas de desencuentro.

 

Con todo, si se consuma el convenio, seguirán faltando seis votos o seis abstenciones. El PNV no se va a mover antes de las elecciones vascas, de modo que la presión aumenta sobre un tozudo Pedro Sánchez que va a sufrir más que nunca el cerco de su propio partido. Quizá necesite tumbar al menos una vez a Rajoy, revolcarlo en la revancha psicológica de su intento fallido. Sin embargo se le están acabando los argumentos. Luego es probable que se le acaben también las oportunidades, y por último quizá tenga que aceptar que se le termina el tiempo.

José María Carrascal estima que de haber hecho Rajoy la oferta que le lanza ahora Albert Rivera, posiblemente ya estaría más que investido el líder del PP:

¿Desafío? ¿Chantaje? ¿Huida hacia delante? ¿Paso atrás? ¿Provocación? ¿Coartada? ¿Líneas rojas o azules? De todas esas formas puede calificarse el pliego de condiciones que Albert Rivera ha presentado a Rajoy para negociar el apoyo a su investidura como presidente de Gobierno. El líder de Ciudadanos, a punto de quedar entrillado entre la pasiva estrategia del PP y el no cerrado del PSOE, ha lanzado un órdago para romper el impasse que atenaza la escena política española desde hace meses. Nervioso, tajante, impaciente, sin ahorrar reproches a los dos grandes partidos y poniendo al suyo como modelo de servicio al Estado y respeto a sus ciudadanos, Rivera fue desgranando las seis condiciones que ha enviado a Rajoy para empezar a negociar, con la advertencia de que espera una respuesta en la reunión que tendrán hoy.

Resalta que:

Aunque por el tono y la fraseología pareciesen novedosas e incluso intimidatorias, todas ellas eran de sobra conocidas, ya que figuraban en el programa de Ciudadanos. Es más, se incluyen en los pactos que ha firmado con algunos gobiernos autonómicos del PP, el de Madrid sin ir más lejos. Pertenecen las seis al bloque llamado de «regeneración democrática» que Ciudadanos ha tomado como bandera, e incluyen la separación automática de aquellos cargos públicos que hayan sido imputados; el fin del aforamiento de los políticos: una ley electoral más justa y equitativa; acabar con los indultos a corruptos; limitación de mandatos a ocho años o dos legislaturas y transparencia administrativa, con comisión investigadora del caso Bárcenas. Excepto en este último caso, que se halla en manos de la Justicia, no creo que Rajoy tenga problemas en firmarlo. Es el tono, la exigencia, el ultimátum lo que puede ofender. Si Rajoy hubiera hecho esa misma oferta el 27 de junio, fresca su victoria electoral, a estas horas posiblemente hubiera sido ya reelegido. Pero si no él, alguien de su equipo se empeñó en mantener la parsimonia y, ahora, se la impone otro.

 

¿O se trata del puente de plata para que Rivera pueda cambiar la abstención por el sí en la investidura de Rajoy, que ya no es un obstáculo? Pues Rivera ha dejado claro que, de aceptarse sus condiciones, pueden empezar a negociarla. Eso es algo que no sabemos y puede no sepamos nunca. Por no saber, ni siquiera sabemos si Rajoy aceptará el reto abierto que le lanza su potencial aliado de legislatura. Por fortuna, en ese punto no tendremos que esperar mucho para enterarnos: en cuanto se vean hoy, sabremos si hay o no pacto PP-Ciudadanos de investidura. Lo que no sabemos es si el PSOE aportará los votos que faltan para que sea investido. Y, menos todavía, si ese gobierno sacado con fórceps podrá gobernar. Pero el que se constituya sería ya un triunfo. Los españoles podrían terminar aliviados sus vacaciones. Aprovéchenlas. El otoño que nos espera será, en cualquier caso, de agárrate.

Mayte Alcaraz considera que esta oferta de Albert Rivera parecía más que esperada en la sede del Partido Popular y ahora sólo hace falta encajarla y pulir algunos de sus puntos:

Cuando el pasado miércoles (3 de agosto de 2016), Rajoy se presentó ante la prensa para mostrarse «optimista» con Rivera, el presidente en funciones ya sabía que Ciudadanos «iba a hacer política». Era cuestión de días. Había que dárselos para que demoliera palabra a palabra su discurso. Es decir, para que cambiara, a la vuelta de una semana, su abstención técnica por un sí. La primera señal la dio ayer el vicesecretario popular, Javier Maroto, cuando a primera hora de la mañana le dijo a Carlos Herrera en la Cope que el PP «estaba dispuesto a dar todo». Era una manera elegante de hacer ver que el que cede parece que ofrece y el que exige, pide. A esa hora, nueve de la mañana, PP y Ciudadanos empezaban a hacer política. Y nadie se había dado cuenta.

Recuerda que:

Cuando Rajoy y Rivera se sentaron ante una mesa de trabajo hace una semana ambos querían escenificar el deshielo que conduciría al fin del bloqueo. A La Moncloa había llegado un doble mensaje antes de ese encuentro: para que Ciudadanos prestara sus tres millones largos de votos a la investidura de quien pasaba por ser su «bestia negra» hacía falta que Rajoy le dijera que sí al Rey, lo que lo convertiría en el candidato del jefe del Estado, y que los constitucionalistas dieran un puntapié por fin a los separatistas catalanes. La hoja de ruta se fue cumpliendo. Con no pocas contradicciones: el PP tuvo que abjurar hasta de su desconcertante coqueteo con nacionalistas catalanes y vascos, lo que le ofreció un plus de 10 votos en la Mesa de la Cámara. El puñetazo de Rivera en la mesa fue suficiente para que Homs terminara en el Mixto y Rajoy pudiera acariciar con la yema de sus dedos su segunda investidura. Por tierra, mar y aire recibió Rivera presiones para cambiar el signo de su voto y colocar así en el disparadero a Pedro Sánchez. Ibex y Bancos movieron ficha: «Tú, que eres un patriota y catalán, debes arreglar esto…»

Señala que:

Pero antes, el líder de Ciudadanos, que ha tenido que dar la vuelta al calcetín de su reiterado veto al presidente (negativa convertida ya en politono en las televisiones enemigas de Rajoy y, ahora, de Rivera), precisaba de un relato para convencer a sus bases del giro. La clave estaba, concluyó el partido naranja, en la masa de votantes que huyeron como de la peste del PP manchado por la corrupción y el inmovilismo. Aquellos que abrazaron a Ciudadanos como al clavo ardiendo de la regeneración, y no por la economía, eran el objetivo.

 

El argumento debía de ser creíble. Era Bárcenas, estúpido, le dijeron. Si en nombre de la responsabilidad de Estado no era posible cobrarse la cabeza de Rajoy, por qué no exigirle al presidente que en los próximos meses no pare de oír a su fantasma particular -Bárcenas- arrastrar sus cadenas por los pasillos del Congreso en forma de comisión de investigación. Si el líder de Ciudadanos iba a permitirle gobernar, que el hit parade del otoño no sonara solo en los juzgados ( juicio de la Gürtel; vista de la operación Taula; resolución definitiva sobre el borrado de los discos duros del PP…) Que suene la música también en el templo de la soberanía nacional. ¿Y gracias a quién? Gracias a Rivera, que vino a limpiar España. El personaje vengativo que susurra al oído del líder de Ciudadanos defiende incluso una carambola: ¿Y si al final Rajoy no resiste el otoño judicial caliente que le espera a su partido y Rivera finalmente lo que se cobra en un año no es la cabeza de un presidente en funciones sino la de uno con todos los poderes?

En todo caso, el PP tendrá que atornillar bien las seis exigencias de Ciudadanos: lo del límite a dos legislaturas para un presidente no pueden tener carácter retroactivo: Rajoy va a por la tercera.

Julián Cabrera, en La Razón, destaca la velocidad de crucero que parece haber alcanzado el Rey Felipe VI con una legislatura más liada que la alpargata de un romano:

Exceptuada la última jornada, no le ha sido posible al Rey este año participar en las regatas de vela de Palma de Mallorca, su gran pasión. El propio Felipe VI ya apuntaba hace días que «estas vacaciones son atípicas por la situación política», algo tan cierto como que la propia agenda, sobre todo exterior, del jefe del Estado lleva probablemente demasiado tiempo condicionada por un bloqueo político que trasciende los muros de La Moncloa y la carrera de San Jerónimo y amenaza con agarrotar a la Zarzuela. En esa ultima jornada de la 35ª copa del Rey de vela resultaron especialmente indicativos los comentarios de compañeros de equipo del Monarca, al que vieron «muy al mando, llevando el timón y especialmente tranquilo». Es el mismo temple que, a pesar de juegos políticos ajenos a intereses de país, está demostrando hasta la fecha Felipe VI en esta primera «gran regata» de su reinado.

Destaca del monarca que:

Tras las elecciones de junio algunos síntomas y detalles han mostrado un «aprendizaje acelerado» con respecto a la etapa posterior a las de diciembre. De entrada, con su encargo a Rajoy para intentar la investidura y formación de gobierno consiguiendo que Ciudadanos se aviniera a una negociación por la que no parecía haber demasiadas prisas y que ahora sin embargo está al menos más cerca de cuajar, a la espera de lo que se haga y se diga en el nuevo encuentro previsto para hoy Rajoy-Rivera, RiveraRajoy en el Congreso. Respuesta perfecta al burdo desliz del líder de la formación naranja tratando de implicar al Rey en los devaneos de las negociaciones en pos de una investidura.

Considera respetable que:

Elemento añadido nada desdeñable es que con la aceptación de la propuesta -llámenlo encargo- Mariano Rajoy se acababa convirtiendo y con independencia de lo que finalmente ocurra, en algo así como el candidato oficial del Rey. Más allá, el presidente en funciones lo va a intentar y no va a bordear -no es su estilo- margen alguno de legalidad, tal como vaticinan algunos agoreros constitucionalistas, más preocupados al parecer de letras pequeñas interpretables que de lo realmente importante como es facilitar un nuevo gobierno. Sobre este particular el jefe del Estado acumula esa otra experiencia reciente del encargo a Sánchez para intentar un imposible, tal y como se demostró el 2 y el 4 de marzo. Algún día se sabrá qué quiméricas garantías de posible suma de éxito pudieron dársele antes de encomendar al líder socialista el encargo de intentar la investidura.

 

Aun estando perfecta y claramente definido el papel -sin «borboneos»- de la Corona en nuestra Constitución, siempre habrá quienes desde atalayas y puestos de francotirador muy concretos pretendan arrastrarla hacia el lodazal de la trifulca política. También sobre esto se ha aprendido con respecto a hace unos meses. El Rey no puede sustraerse como es obvio a las consecuencias de una situación política a la que por cierto podría lastrar aún más la tentación demoscópica en el PSOE, conocido el último dato del CIS, pero su manejo del timón en esta regata, cuando menos, tranquiliza.

En El Mundo, Jorge Bustos brinda por el cambio de Albert Rivera ofreciendo ese apoyo a Rajoy a cambio, claro está, de media docena de condiciones irrenunciables:

Después de unas semanas de estrechez y chirridos, Albert Rivera, que no es un político nacido para la contemplación, abrió ayer la pesada puerta de la investidura con la limpieza que se les presupone a las buenas bisagras. A las cinco en punto de la tarde, a la hora lorquiana en que combatían la paloma y el leopardo, cebó el centrista el foco como manda la ocasión de entonar la palinodia, sólo que esta vez no hubo más traición que la que pedía Keynes cuando cambian las circunstancias. El 26-J cambiaron hasta 137. Tan cierto es que el líder de C’s vetó a don Mariano como que ahora lo tolera a cambio de que se desmarianice en dosis razonables, por emplear la fraseología del afectado.

Rememora que:

El finado Bueno llamó a Rivera «ajedrecista» y este jaque naranja que sólo deja al rey propuesto por el Rey la salida por el desfiladero de las seis ya famosas condiciones atestigua tal condición. Rivera no sólo toma la iniciativa sino que lo hace sin faltar a la naturaleza de su partido, tan ininteligible para el español goyesco como claro en su pragmática vocación. Ciudadanos es una bisagra, una útil pieza de bricolaje y no una bandera de dudosa hidalguía, y las bisagras se hicieron para el bloqueo como las bicicletas para el verano. No es tan difícil de entender, aunque segundos después de su comparecencia rezongaban en las redes los mismos que rabiaban contra la suficiencia vestal de Riverita, o le atizaban con la lógica cuñada de la hemeroteca, o le acusaban de criptosociata o bien de esconder en la cartera una estampita de José Antonio.

Y añade:

«Porque no confío en este Gobierno establezco estas condiciones», razonó el joven político, confirmando la perversidad de unos tiempos en que la obviedad no sólo exige formulación sino defensa. Pero a Rivera le da igual que le tilden de vendido: ha hecho coincidir el interés general con la satisfacción de sus votantes, y semejante proeza resulta aquí tan inasequible como acertar con la llave en la cerradura cuando regresa uno de la ruta del pacharán, esa que hace del Estado un bar sin techo de gasto y de Moscovici el puerta que nos mira sin empatía.

 

Nos dicen que hoy Rajoy se comprometerá a todo, incluyendo la reforma electoral, la prenda más preciada. Al acceder, don Mariano culminará la apoteosis lampedusiana de cambiarlo todo para que él siga donde está; creer que no es capaz de moverse tanto para quedarse en el sitio es subestimar al gran maestre del maquiavelismo celta. Al acceder, asimismo, toda la presión recae sobre el jovencito Frankenstein que aún opera en Ferraz entre alambiques y probetas. Son condiciones que ya firmó el propio Sánchez con Rivera: el espejo puede ser cruel hasta con el buen mozo de Mojácar. Bienaventurados los políticos que optan por la utilidad en lugar de la importancia, pensaría Weber, porque obtendrán ambas.

http://www.periodistadigital.com/

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