Lectura.Paseando por Lugo una tarde de verano‏.Gracias..J.A.por tanta belleza.!!!!

000W054e20NMANUELA

Esta tarde ya al final del calor, sobre las 20:00, salía a dar un paseo por esta pequeña y agradable ciudad de Lugo. Cada día me gusta más. Me gustan sus calles, su tranquilidad, el ambiente suave y de campo que flota en el aire. Me encaminé hacia el puente del tren y cruzando las vías me recliné sobre el pretil para ver de dónde venían las hiedras que asomaban tímidamente por la balaustrada. Sus puntas frágiles y adherentes se aferraban al cemento no queriendo desprenderse. Fue en ese momento cuando te sentí dentro de mi bolsillo, aferrada a la tela del reborde porque temías caerte al vacío desde esa altura. Te miré y vi tu expresión de pánico así que me enderecé y seguí caminando despacio hasta cruzar al otro lado. En frente, la farmacia de Herrero me trajo recuerdos de Amparito y momentos pasados que fluyeron con cierta parsimonia recreándose en mi cerebro.

Subí por la Calle Montero Ríos, con calma, saboreando cada paso, cada instante de pacer con este tiempo tan agradable en que no hace frío nicalor. Pocas personas en la calle y tranquilidad absoluta. Pasé por delante del restaurante La Rosada donde como con cierta frecuencia y eché un vistazo dentro. Allí quedaba José Antonio y Patricia tras la barra sirviendo algunas bebidas a los escasos clientes de ese momento. Continué mi paseo y tú te asomas te de vez en cuando, no tenías muchas ganas de conversación y parecías adormilada por el calor de todo el día.  En la cima de la calle, se nos presenta la muralla en todo su esplendor. La puerta de San Pedro y una suave música de algún instrumentista callejero que desgranaba algunas notas, las cuales se filtraban por el hueco de la muralla. Dudé de seguir ascendiendo o entrar en la muralla y como no tenía decidido que hacer, te pregunté y asomaste por el borde del bolsillo diciendo que preferías ir al parque un ratito.

Seguí caminando despacio y cruzamos por delante de la estación de autobuses, dejamos atrás la antigua sede de la policía local que ahora están reformando y descendimos por delante del Seminario Mayor. La majestuosidad de ese edificio es impresionante, pese a ser un seminario pequeño, de una ciudad de segundo orden, sus muros tienen algo atractivo que hacen detener la marcha para observarlos. La simetría de sus ventanas, de sus puertas, la rectitud de sus líneas neoclásicas… hace una verdadera obra de arte en esa calle. Los muros limpios sin pintadas, sin gamberradas de colorines tan típicas de otras ciudades. Es un placer descender frente a esa fachada. Nos encaminamos hacia la plaza de Avilés. Y el instituto donde estudie el bachillerato se recortaba con la luz mortecina de la tarde. Su fachada es bella aunque no tanto como la del seminario mayor. Miles de recuerdos de mi adolescencia aparecieron en mis recuerdos y miles de sonrisas se escondieron por un momento mientras un poco de nostalgia me empañaba el alma. El muro que cierra el recinto escolar está forrado con un seto que aporta la calidez del verde a la dureza del granito gris. Las enormes ventanas tras las que está escondido todo un período de juventud. Las mesas, los compañeros, también los que ya no están… todos vinieron a mi encuentro en un instante. Caminé despacio por el andén central de la calle, empedrada con colores desvaídos del cemento grabado.

Caminamos un buen rato en silencio, sin decir palabra, tu acurrucada en mi bolsillito, yo pensando en mi adolescencia. Así entramos en el parque, su amplia avenida arenada, sus enormes árboles, los bancos los jardines, las fuentes, los patos… todos se agolpaban en un solo momento sin dejar tiempo a recrearme en cada recuerdo. Los pasos sobre la arena reseca resonaban en la tranquilidad del suave anochecer. Las luces del parque son suficientes y es uno de los pocos parques que conozco que permanece iluminado. Ya en el fondo, al lado de la pared del mirador me paré un momento para ver el valle del rio Miño que antaño disfrutaba cuando estudiaba. Ahora los árboles no dejan sino unas escasas rendijas para intuir el pausado fluir del río.

Descansamos un rato y miramos las pocas personas que pasaron a nuestro lado, grupos de turistas y algunas parejas de jóvenes enamorados cogidos de la mano. Miré los enormes árboles de este jardín botánico y entre sus ramas imaginé un montón de nidos con polluelos y sus padres descansando después del día para esperar el amanecer y volver a revolotear jugando o cazando… a saber.

Mis pasos nos llevaron a un rincón del que guardo especial nostalgia, el mapa de Portugal y España. Ahora encerrado entre rejas para evitar el vandalismo, antes solo rodeado por un pequeño muro con balaustrada de piedra. Estupendo trabajo el de este mapa. Los ríos están socavados y antiguamente los recordaba manando agua en sus nacimientos. Todas las capitales de provincia tenían una luz que se encendía por las noches aportando un aspecto interesante al mapa. Las costas bien niveladas, estaban llenas de agua e incluso la plataforma continental se divisaba bajo el agua. Ahora es solo una sombra de lo que fue, es un moribundo recuerdo de antaño. La tristeza siempre me llena cuando lo veo… está languideciendo el mapa. Recuerdo el profesor de Geografía, D. Cascudo, nos invitaba a ver el mapa, a recordar las sierras con las montañas más altas, con sus nieves apicales. Los sistemas montañosos, las cordilleras y las planicies de Las Castillas y la Mancha. Como siempre dejé un suspiro al marcharme de allí.

Te asomaste al bolsillo y me preguntabas que me pasaba… ¡nada, era el mapa!.

Nos fuimos otra vez hacia la plaza de Avilés y volvimos a pasar por delante del instituto, ahora miré los chalets de la otra parte de la calle, los que veíamos desde las aulas. El palacio de justicia, ahora fiscalía del estado con su regia fachada también nos saludaba al pasar. Nos encaminamos por la calle del Obispo Aguirre, cruzamos la muralla y ya dentro del recinto amurallado recordé el viejo edificio de la policía, ahora sede de un banco y viviendas en sus pisos… ¡cuántos años pasaron!. La música de un violín acompañado por una guitarra, nos hicieron encaminar hacia la zona vieja, llegamos a la plaza de España, ahora, también sombra de lo que fue con sus enorme álamos negrillos aportando sombra y frescor.   Nos dirigimos hacia la Calle Conde Pallares donde sonaban el violín y la guitarra. Caminamos muy despacio para que el paseo fuera intenso con las notas musicales; tú, dentro del bolsillo de vez en cuando te asomabas y mirabas como queriendo grabarlo todo, como deseando vivirlo intensamente en cada paso, en cada segundo. Dejamos unas monedas a los músicos y continuamos despacio disfrutando del concierto en la distancia.

La calle de la Cruz nos recibió, como siempre, con el bullicio de la gente tomando los vinos en las terrazas… y como no podía ser menos te pregunté si hacía una taza… la mirada picaresca me indicó que te apetecía y entramos en la Tasca. Saltaste del bolsillo a la barra y como el camarero estaba de espalda no se enteró de nada. Pero con el ajetreo de la gente yendo y viniendo, volviste a saltar dentro del bolsillo de mi camisa, donde parecías estar más segura. Pedí una sidra que acerqué al bolsillito para que probaras, también una tapa de “pincho moruno” (carne a la plancha muy sazonada) de la que probaste con un asentimiento de cabeza. Como había tanta gente decidimos marcharnos y seguir caminando entre la gente por la Rúa Nova. Sorteamos la gente para no tropezar con ella. Entramos en el bar “Nosa Terra” donde nos recibió Daniel, el camarero de la barra. Tomamos otra sidrita compartida y pedí una tapa de oreja Aunque yo sé que tu preferías el lacón cocido, pero como era yo el que pedía… abusé de mi posición de confianza. De todas formas la oreja también te gustó porque te vi saborear un trocito mientras yo estaba mirando los juegos olímpicos en la pantalla de la Tv. Hablamos un rato con la cocinera Carmen y después nos marchamos.

Otra vez en la calle de los vinos o también llamada Rúa Nova. La gente pasea y toma algo en la calle porque los bares están llenos. Asomabas por el bolsillo para ver el ambiente y sonreías mientras caminábamos. Pasamos delante del museo provincial y nos dirigimos a la plaza de Santo Domingo donde el pedestal con el águila imperial romana nos saludaba al acercarnos.

La plaza estaba tranquila, casi desierta, pocos transeúntes circulaban por sus piedras, así que salimos de la muralla por la Puerta de la estación al final de la C/ General Franco y seguimos un buen rato alrededor de la muralla mirando sus enormes muros hacia la puerta de San Fernando, donde dimos la vuelta para retornar hacia casa. La muralla es impresionante y por la noche, cuando está iluminada, es de una belleza increíble. Al llegar otra vez frente a la puerta de la estación paramos un rato para contemplar con calma esa zona tan entrañable. Seguimos y bajamos hacia la calle Rafael de Vega, la atravesamos y volvimos al puente de la estación. Desde la cina del puente es un placer echar una mirada hacia las vías rectas que cruzan el puente de La Chanca y después se pierden destino Madrid o Barcelona o… cualquier lugar.

Como la noche estaba con una temperatura agradable, decidimos parar a tomar un refresquito en la terraza del bar Manuel María. Las mesas y sillas de madera con sus parasoles de tela, hacen un pasillo frente a la entrada. Qué bien se está sentado en las terrazas a esta hora tan agradable. Disfrutamos un poco de la apacible noche y terminada la bebida regresamos a casa. Cuando subimos las escaleras de la iglesia saltaste del bolsillo y caminabas conmigo. Me adelanté para abrir la puerta y al apartarme para dejarte pasar, ya no estabas, como siempre, en silencio… te fuiste sin decir nada.

J.A. MRF

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