El pregón de Buero..!!!

El ayuntamiento de Guadalajara, con muy buen criterio, propuso al hijo de Antonio Buero Vallejo, Carlos, cuyo centenario cumple este año, ser pregonero de las Fiestas. Carlos Buero, que me consta está colaborando muy activamente y aportando generosamente todo cuanto se le requiere a la conmemoración de la efemérides, aceptó con gusto la propuesta. Oiremos su pregón el miércoles día 7. El pregón de Buero en el Buero, pues tendrá lugar en el auditorio que lleva el nombre de nuestro dramaturgo, el mejor escritor de la historia de Guadalajara. Así al menos es como a mi me parece y sostengo.

Espero que la ciudad y la provincia sepan este otoño estar a la altura de lo que se merece nuestro premio Cervantes. Lo deseo y tengo fundadas esperanzas de que así vaya a ser en esta ocasión. Se está trabajando en firme y con empeño en ello. Y el pregón de Carlos Buero abriendo las fiestas de Guadalajara ha de ser el aldabonazo de salida. Vamos a rendirle a don Antonio algo más que un homenaje. Y lo mejor que podemos hacer es conocerle en su obra y en su persona. Que enseñanzas importantes dejan la una y también la otra.

Escribo esto de manera muy personal y subjetiva, pero razones tengo para ello. Su única biografía “Antonio Buero Vallejo. Una digna lealtad” es obra mía, editada por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha en 1998. Y he de confesar también, que el primer y muy ingenuo artículo de mi vida, cuando tan solo tenía 15 años y estudiaba en el Brianda, le estaba dedicado. Y por estarlo fue censurado, por cierto, aunque logramos que acabara por vez la luz en “La Palmera”, por el árbol que presidía el patio, a ciclostil y sin permisos. Por el año 1969 el nombre de Buero no estaba lo que se dice bien visto por los próceres y autoridades, aunque sus enormes éxitos en las carteleras de Madrid hacían que tuvieran que hacer como que les gustaba. No es ahora momento de remover rencores ni de señalar pecados muertos. Que si algo me enseñó precisamente don Antonio fue a ello y no quiero traicionar ni su recuerdo ni su enseñanza.

Cuando yo acudía a su domicilio madrileño para documentar el libro y durante horas el recordaba, y yo grababa porque hay horas enteras con su voz contándola, su mas que azarosa existencia y estremecedoras vivencias hubo dos detalles que me impactaron y me dieron la exacta dimensión de su categoría humana. El primero fue que al terminar el texto quise pasárselo para que le diera su visto bueno. Lo hizo con condescendencia y generosidad y tal respeto que lo único que me corrigió fue alguna falta de ortografía. Pero me pidió, porque fue una petición, que suprimiera dos cosas que me había contado, que grabadas estaban, y están, y que eran verídicas y afectaban a dos personajes cuyo refrote con la dictadura había sido mas que roce, vinculados a Guadalajara y que no le habían hecho precisamente bien a su persona. Era tiempo, me dijo, de reconciliación entre españoles, era tiempo de futuro y de dejar atrás el sangriento cuajarón del odio. Eso me dijo entonces y yo suprimí lo solicitado. Algo, aquello, en lo que no pocas ocasiones he pensado ahora, que ese odio y esa confrontación siento que regresan de manera impostada, artificial e insensata olvidando y despreciando a quienes si sufrieron y supieron superarlo con generosidad y memoria verdadera.

Porque lo segundo que descubrí en aquellas conversaciones fue un hecho dramático y terrible en su vida para muchos desconocido. Que él había sido condenado a muerte tras la guerra por el franquismo, que por dos veces estuvo a punto de la “saca” para ser fusilado, que de su expediente tan solo a dos, entre ellos él, in extremis, se les conmutara la pena por 30 años de cárcel de los que cumplió seis, era bastante sabido. Pero mucho menos que a su padre, el comandante, luego ascendido a teniente coronel, Francisco Buero, destinado en nuestra academia de Ingenieros, había sido fusilado, asesinado, en Paracuellos por el otro bando. El padre, por los unos, el hijo a punto de serlo por los otros. Inocente el uno, inocente el otro. Recuerdo la emoción, rara en un hombre tan hierático y comedido como era, de don Antonio al relatarlo. Y más que nada lo que como argumento de vida había sacado de ello. La lección de que nunca, jamás el odio.

Fue en la cárcel donde cambio su carrera de dibujante y pintor, lo era muy bueno y en aquel periplo carcelario es cuando hizo el famoso retrato de Miguel Hernández con el que coincido en prisión, por la de escritor. Quizás porque en vez de plasmar flores y luces quería su alma quería mostrar la sombra y las oscuridades ardientes. Eligió el teatro, presentó dos obras al premio Lope de Vega, y quedó con la una, “Historia de una escalera, primero, compitiendo precisamente con el mismo, pues “En la ardiente oscuridad” fue la finalista. Mas difícil que ganar el premio fue que no se lo retiraran, pero no lo hicieron, los Luca de Tena tuvieron que ver en ello, y casi imposible que se lo representaran. Pero lo hicieron y ya no hubo quien lo parara.

Antonio Buero quería mucho a Guadalajara, a la Guadalajara de su infancia y su adolescencia. La de después es que a lo mejor a quien no lo quería era a él. Al recordar aquellos sus primeros años era cuando se explayaba felizmente porque fue feliz entonces. Luego le cayeron encima la vida y las muertes de tantos, y hasta casi la suya, a punto estuvieron de aniquilarlo. Pero no lo hicieron y hoy en su centenario podemos celebrar su obra. Y yo les pido también que su memoria y enseñanza reconciliadora. Sin odio. Es lo mas importante que aprendí, por tal lo he tenido siempre, de mi maestro al que vi por última vez en la recepción anual del día del premio Cervantes en el palacio de Oriente ya poco antes de su fallecimiento. Le acerqué una silla, se sentó fatigado, conversamos y la reina Sofia vino afectuosamente a saludarle.

PD. La Diputación de Guadalajara va a reeditar próximamente mi biografia sobre él. “Antonio Buero Vallejo. Una digna lealtad”.

http://www.periodistadigital.com/

MRF

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